100 años de activismo feminista en el deporte

Por PATRICIA ANDERSON *

Los orígenes del atletismo femenino en Argentina se entrelazan con la historia del feminismo y con el surgimiento de un activismo centrado en el derecho de las mujeres a ser parte del mundo del deporte. A partir de 1922 y hasta finales de década, el atletismo femenino atravesó por un momento de gran popularidad y visibilidad, con decenas de mujeres de distintos puntos del país protagonizando grandes torneos atléticos que congregaban a multitudes de espectadores. El atletismo, que hasta ese momento había sido una disciplina física exclusivamente masculina, era también una práctica cultural que reflejaba ideales transnacionales de civilización, evolución y progreso que se ponían en escena espectacularmente en los grandes encuentros deportivos. Las primeras manifestaciones de atletismo femenino en el país fueron el resultado del esfuerzo y tenacidad con la que distintos grupos de mujeres reclamaron un espacio dentro de estos ideales, defendiendo su presencia en los campos deportivos. Aliándose para confrontar los prejuicios de una sociedad conservadora en cuanto al género, feministas y deportistas gestaron y le dieron forma a la temprana escena atlética argentina. Accionaron para legitimar la práctica del atletismo y defendieron el derecho de la atleta a demostrar sus aptitudes en un espacio público y alejado de lo doméstico. Como activistas, reclamaban su lugar como deportistas en el imaginario nacional.

El primer gran torneo atlético femenino, que se llevó a cabo en la ciudad de Tucumán en 1922, confirma el poder de las mujeres y su determinación a ser parte del mundo deportivo. La competición en las instalaciones del Club Deportivo Sarmiento, estuvo coordinada por la docente Teresa Bernabela Suppa y durante la misma varios equipos de mujeres se disputaron carreras de postas y de 50 metros, así como pruebas de salto en largo y en alto. A pesar de la poca información que hay, la fecha en la que transcurrió el encuentro es significativa porque muestra la existencia de lazos entre las activistas locales y el movimiento feminista transnacional. Fue en septiembre de 1922, en coincidencia con la de los juegos atléticos femeninos de Paris. Estas fueron grandes competencias coordinadas por la activista y feminista francesa Alice Milliat en desafío al Comité Olímpico Internacional que excluía a las mujeres de las pruebas atléticas. Durante esta fecha también se estaban realizando los primeros Juegos Olímpicos Latinoamericanos en Rio de Janeiro sin la presencia de mujeres.              Frente a estas exclusiones y limitaciones, el interés por el atletismo continuó creciendo y un año más tarde, a fines de 1923, se concretó el primer torneo femenino latinoamericano. Coordinado por mujeres, y contando con el apoyo de figuras políticas, educativas, y sanitarias, el encuentro incluyó a dos equipos de atletas uruguayas y otros de Tucumán, Santa Fe, Mendoza y Buenos Aires. Durante el mismo se disputaron carreras de velocidad, de obstáculos, y de lanzamiento de bala, disco y jabalina, quebrándose varios récords nacionales e internacionales. Como representante oficial del equipo y la provincia de Tucumán, Suppa fue una figura central en la planificación y desarrollo de este torneo.

 Lamentablemente, la desinformación que hay sobre la historia del atletismo femenino hace que Suppa sea más recordada por ser la madre del arquitecto César Pelli que por su protagonismo en el deporte. Otra figura fundacional en la historia del activismo atlético es Magdalena Lacoste de Luisi, olvidada hoy en día, pero ampliamente reconocida en la década del 1920 por ser “la madre del atletismo”. Proveniente de una familia de deportistas, Luisi fue atleta primero y activista después, y estuvo involucrada en la organización de numerosos deportes a lo largo de su vida. Luisi fue la fundadora de la rama femenina del Club Pedestre Velocidad y Resistencia, que contaba con más de una docena de atletas que se presentaban regularmente en los torneos y competencias. Además, fue la fundadora y presidenta de la Federación Atlética Femenina Argentina, una entidad que no ha dejado papeles, pero que estuvo involucrada en la organización de torneos municipales, nacionales e internacionales. Incansable promotora del derecho femenino al deporte, Luisi abocaba por los efectos positivos del atletismo sobre la salud física, espiritual y moral de las mujeres, dedicándose al bienestar de las atletas y defendiendo con tenacidad su respetabilidad. Como feminista y activista, Luisi fue una hábil negociadora y conciliadora que supo vincularse políticamente y relacionarse con diversas figuras públicas para extender las prácticas deportivas a más mujeres.

La presencia e influencia feminista en la historia del deporte se manifestó también en la conformación de un club atlético femenino en 1922. Fundado por jóvenes egresadas del Liceo Nacional de Señoritas, tuvo el aval y apoyo de su rectora, Berta Wernicke, una figura poco estudiada en la historia del feminismo argentino. El Club Atlético Femenino Alfa, denominado así por ser el primero en su género, estuvo activo hasta finales de década. Sus atletas eran, como señalaba una de ellas en una entrevista en El Gráfico, un “puñado de muchachas vigorosas” que estaban empeñadas en “modernizarse y ensanchar sus horizontes” a través del deporte. Autodidactas, aprendieron como realizar las distintas pruebas atléticas, obtuvieron un terreno, el que prepararon ellas mismas, y comenzaron a entrenar. Tuvieron grandes dificultades para organizarse, y muchas no pudieron con los prejuicios familiares, amorosos o sociales que amenazaban con los riesgos físicos, la sobreexposición y la consecuente pérdida de feminidad. Las que persistieron, América y Mercedes Nosti, María Esther Winocour, Rosa Inchausti y Felisa Orione, solo para nombrar a algunas, lograron confrontar estos miedos y demostrar que las mujeres podían dominar su cuerpo para quebrar récords de altura, velocidad y distancia sin perder su feminidad. Las fotografías que las muestran en pleno movimiento captan un momento en el tiempo en el que una feminidad nueva y poderosa se entrelaza con la autodeterminación, la persistencia y el control del cuerpo.

Esta vibrante escena atlética comenzó a diluirse hacia finales de década y aunque no desapareció por completo, la influencia y presencia femenina dentro de este deporte decayó. Sin entrar en análisis exhaustivos de los motivos, las hipótesis apuntan a la situación política y al golpe militar de 1930, así como también a las dificultades de una sociedad que, como afirma Beatriz Sarlo, desarrollaba una modernidad incierta y periférica, especialmente limitada en cuanto a los roles y funciones de género. La atleta representaba una feminidad demasiado moderna y de avanzada para una nación que todavía buscaba una identidad. Es muy posible, también, que la situación internacional haya afectado al atletismo local. En 1928, gracias a las negociaciones de Milliat con el Comité Olímpico, las europeas y norteamericanas lograron participar por primera vez de las pruebas atléticas en las Olimpiadas. Aunque una pequeña delegación atlética masculina representó a Argentina en Ámsterdam ese año, las mujeres no tuvieron la misma suerte y no pudieron participar. Luego del cambio de década el atletismo independiente perdió vigor y desapareció de vista. Recién en 1939 las atletas volvieron a acaparar la atención, en ocasión de los Campeonatos Sudamericanos de Atletismo que, por primera vez, permitían la participación de mujeres. El equipo argentino que se presentó en Lima se destacó en todas las pruebas, obteniendo múltiples medallas y logrando un reconocimiento internacional. Pero esto forma parte de una segunda etapa en la historia de este deporte.

 

 

(*) La Lic. Anderson, autora de este artículo y de investigaciones sobre la historia de nuestro deporte femenino, es la nieta de aquel legendario atleta argentino -Juan Carlos Anderson- quien alcanzó la final olímpica de los 800 metros llanos en 1936.

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