Erico Barney, un precursor en garrocha

CADA / FIGURAS EN EL RECUERDO

Por LUIS VINKER

A fines del año pasado, cuando en la ciudad de Posadas –capital de Misiones, el norte argentino- se inauguró la pista sintética de atletismo, fue la oportunidad para el reencuentro entre los grandes especialistas que dio nuestro país en el salto con garrocha: Germán Chiaraviglio (uno de los atletas más relevantes de las últimas décadas) y aquel fenómeno de la década del 60, Erico Ricardo Barney. Germán ya había tratado personalmente a Barney en visitas anteriores, cuando ofreció “clínicas” de su especialidad.. “Fue una alegría conocer a Germán y a su familia, compartir esta pasión común y revivir mi propia carrera en el deporte. Aunque nuestros momentos deportivos tienen muy poco que ver” contó Barney. La pista en Posadas lleva su nombre. Merecidamente. Por lo que significó en el atletismo argentino y, también, en su provincia con un aporte profesional que va mucho más allá de lo deportivo.

            En lo que se refiere específicamente al salto con garrocha, Barney corresponde a la época en que la especialidad se transformó a nivel mundial, con los implementos de fibra de vidrio (fiberglass) que sucedieron a las antiguas garrochas de caña o madera. Sus marcas de hace medio siglo no asombrarían ahora, ya que a nivel sudamericano la progresión de garrocha en los últimos tiempos fue vertiginosa: hay 67 atletas en la región que saltaron regularmente sobre 5 metros, incluyendo nueve argentinos con Germán al tope.  Y uno de aquellos atletas, el brasileño Thiago Braz da Silva, alcanzó la gloria olímpica en Rio 2016. Pero Barney fue un revolucionario para su tiempo, bajo la conducción de su antecesor en los récords, Mario Eleussipi: y llevó el tope sudamericano desde 4.21 m. en 1964 hasta 4.87 siete años más tarde, antes de su retiro, cuando comenzó a dedicarse –con todo suceso- a su profesión de ingeniero.

            Barney batió en once oportunidades aquel récord y también, fue el primer argentino en alcanzar la nominación olímpica en garrocha, cumpliendo una destacada actuación en los Juegos de México, muy cerca de la final. Nombres como los de los entrerrianos Oscar Veit (nuestro primer atleta sobre los 5 metros y aguerrido competidor) y luego Javier Benítez (actual coach de Germán) lo heredaron mucho después, hasta que Chiaraviglio concretó el gran despegue, alcanzado un récord de 5.75 m en Toronto, una medalla de plata panamericana y la condición de finalista olímpico y mundial, todo sumado a sus excepcional campaña previa en menores y juveniles.

            Erico nació en Oberá el 10 de mayo de 1941. Y su hermano mellizo, Ian, también fue un destacado atleta.  “Mi padre –nos contó Erico– era un marinero, un verdadero trotamundos, lo mismo que su abuelo. El apellido de éste era Andersen. Pero con tantos Andersen en Suecia se lo cambió por Barney, no sé cuál fue el origen. Mi padre llegó a Buenos Aires en barco en 1927 y alguien le recomendó seguir hacia el Norte, le ofrecieron trabajar unas tierras vírgenes en medio del monte”. El ex marinero Barney convirtió a esas tierras en la chacra donde, hoy en día, la empresa se denomina Ana Park y elabora productos orgánicos de yerba mate. ¿Cómo llegaron Ian y Erico al atletismo? “Mis padres nos enviaron a Buenos Aires para estudiar en el Belgrano Day School y allí nos preparaban para competencias intercolegiales. Mi hermano era un talento… Yo hacía de todo: velocidad, salto en alto, jabalina. Cuando terminamos el colegio, se me dio por practicar salto con garrocha. Una locura: con Ian armamos una corredera en la chacra y como ni siquiera teníamos una garrocha, saltaba con una tacuara. Así allí llegué a pasar los 3 metros. Cuando volvimos a Buenos Aires en el 61 para estudiar ingeniería, Mario Eleussipi empezó a entrenarme. Pero, visto a la distancia, empecé muy tarde”.

            Domingo Amaison, compañero de tantas aventuras atléticas con los hermanos Barney, relató aquellos comienzos: “En 1961 Jan ingresó al servicio militar en la Marina (siendo mellizos, solo iba uno), y Erico se quedó en  el campo a trabajar, en las plantaciones. Sus padres se fueron a Grecia de vacaciones. Un día Erico, que tenía una plantación de cinco cañas tacuaras, comenzó a preparar la caña más derecha, se construyó una corredera de tierra de 10 metris de largo y le agregó aserrín, y comenzó a practicar salto con garrocha. En su casa trabajaba una señora, noruega, y le sacaba fotografías en cada salto. Después, Erico las estudiaba”.

            Durante la temporada de 1963, Eleussipi –quien junto a su hermano Enrique, otro gran entrenador, impulsaron la Agrupación Atlética Aconcagua- se proclamó campeón sudamericano y  llevó el récord nacional y sudamericano a 4,20 m. Hay que considerar que Mario Eleussipi, con sus 4,15 m en los Iberoamericanos de 1962, había terminado con una marca nacional (4.11 de Diego Pojmaevich con su garrocha de caña de bambú) que resultaba imbatible desde tres décadas antes. Pero dejó las competencias y guió los pasos de Barney, quien fue su heredero en las tablas y los títulos.

            Uno de sus momentos más felices se vivió en el Campeonato Sudamericano de Rio de Janeiro, en 1965, ya que tanto Erico como Ian se llevaron medallas de oro: el garrochista lo hizo con un récord de 4,25 m. Ian se proclamó campeón de jabalina con 66,43 metros, aventajando al entonces recordman sudamericano, el chileno Patricio Etcheverry. Pocas semanas antes, Ian había alcanzado su mejor registro personal en la prueba con 68,56 m.

            Erico fue impulsando el salto con garrocha hacia otra dimensión, pasando por primera vez los 4.51 m. durante el torneo internacional Pierre de Coubertin, a fines de la temporada del 66, en Buenos Aires. Y en los Juegos Panamericanos del año siguiente, en Winnipeg, estuvo al borde del podio, cediendo el bronce –por intentos- ante el canadiense Robert Yard, ambos en 4.45 m. Los primeros lugares estaban muy lejos: ganó el estadounidense Bob Seagren, la estrella mundial de la época, con 4.90 m, quince centímetros por delante del otro canadiense, Robert Raftis. Y dos meses más tarde, en un gran duelo con el colombiano César Quintero, Barney retuvo el cetro sudamericano en Parque Chacabuco, pasando ambos sobre 4,30 m. Ian, por su parte, esta vez quedó subcampeón en jabalina, escoltando al brasileño Alvaro Zucchi. Erico cerró la temporada de garrocha con un nuevo triunfo en el Coubertin (4.45 m) y con el tercero y último de sus títulos nacionales (4.40 m).

            “Ian me ayudó para los Juegos Olímpicos de México. Nosotros, además de entrenar con intensidad, también estudiábamos en la UBA, la carrera era muy exigente. Y en el 68, Ian también se puso a trabajar para que yo pudiera concentrarme en la preparación para los Juegos”, evocó.

            Los Juegos Olímpicos de México eran el gran aliciente para 1968 y durante el invierno porteño Barney buscó su pasaporte, que se aseguró tras batir nuevamente el récord con 4,59 m. Cuando lo entrevistamos para el libro “Aventuras en las pistas”, Barney recordó aquella experiencia: “En esa época, conseguir una garrocha de fibra de vidrio era un lujo, no sólo por el costo sino por toda la burocracia. Tampoco teníamos correderas sintéticas para entrenar y competir. Entonces, con Mario armamos una corredera de alquitrán en el CEF 1, donde ahora está el Cenard. Un mes antes del viaje a México para los Juegos sufrí un desgarro de abductor y, pensé que todo se terminaba. Por suerte, me recuperé y viajé al DF con la suficiente antelación para una buena puesta a punto. Fue una de las experiencias más hermosas de mi vida, nunca olvidaré esos saltos en un estadio con 80 mil personas, junto a los mejores del mundo, tipos como Seagren o Nordwig que significaban una nueva era en el salto con garrocha”. Erico, en ese ambiente, no se amilanó y elevó considerablemente su récord hasta 4,80 metros, aunque se necesitaban 10 cm. para alcanzar la final.

            Si el atletismo en los Juegos Olímpicos de México alcanzó un standard impresionante, la prueba de salto con garrocha acompañó esa estela. No se batió el récord del mundo –que Seagren había colocado en 5,41 m durante los Trials de Echo Summit, el mes anterior- pero el tope olímpico de 5.10 m. fue directamente pulverizado por once atletas a lo largo de la competición. El salto con garrocha había ingresado en una nueva era y tres hombres batallaron en 5,40 m para quedarse con la medalla de oro. Fue para Seagren, seguido por dos alemanes, Claus Schiprowski (del Oeste) y Wolfgang Nordwig (del Este). Otros dos hombres que también figuraron en la lista de recordistas mundiales de su época, como el griego Hristos Papanicolau y el estadounidense John Pennel, llegaron a 5.35 m, que apenas alcanzaron para el 4° y 5° lugar respectivamente.

            Seagren le dio a Estados Unidos su 16° título olímpico consecutivo en garrocha, una racha que recién se detendría cuatro años más tarde en Munich cuando Nordwig se tomó desquite: 5.50 a 5.40. Pero Seagren, poco antes, había elevado el récord del mundo a 5.63 …

A su retorno de los Juegos, Barney le aportó triunfo a la selección argentina, al ganar su prueba en el triangular ABC, en Comodoro Rivadavia, con 4.70 m., una marca que indicaba su nueva jerarquía.

Meses más tarde, una tragedia enlutó a la familia y a todo el atletismo argentino: Ian Barney, el joven jabalinista que se había recibido de ingeniero naval, se mató en un accidente automovilístico. En A Sus Marcas escribieron: “Serio y dedicado en sus estudios como en el deporte. Tanto en el uno como en el otro se aplicó con una voluntad y un entusiasmo extraordinario. Ese fue el Ian Barney que conocimos y cuyo exterior, un tanto austero, no dejaba entrever el muchacho romántico, cuyas inquietudes lo llevaron a explorar los densos bosques de Misiones en busca del legendario tesoro del Mboreré”. Destino trágico para un noble lanzador de jabalina como, tanto después, ha sucedido con Brian…

            Erico Barney, con su flamante título de ingeniero electrónico, se marchó a Estados Unidos. “Fui a trabajar en la compañía Pacific Gas, siempre con la idea de volver a mi tierra, nunca dudé sobre eso. Pero fueron años inolvidables porque, además de todo lo que significaba para mi profesión, podía entrenar en el máximo nivel. Vivía en el campus de la Universidad de California, en Berkeley, con otros atletas latinoamericanos y tenía acceso a una infraestructura desconocida para nosotros”, nos contó. El récord de 4,87 metros, con el que Barney se retiró del salto con garrocha en 1971, fue logrado justamente en Berkeley, otro de los “templos” del atletismo estadounidense.

            Berkeley, a la vez, era en esos años el epicentro de la movida juvenil y del Flower Power, aquel inolvidable movimiento contracultural que marcó a una época y a varias generaciones. Allí se movilizaban contra la guerra de Vietnam y contra la segregación racial, al mismo tiempo que el rock se imponía como definitivamente. “Todos éramos un poco hippies por allí… pero si no lo vivía en ese momento, cuándo iba a hacerlo. Jimmy Hendrix tocaba en un bar, en la esquina de nuestro departamento, íbamos siempre a verlo. También recuerdo a Bob Dylan cantando en el Greenwich neoyorquino, donde nos instalamos por algún tiempo. Yo me siento orgulloso de haber vivido aquello”, agregó.

            Barney se tomó una pausa en el atletismo, por sus estudios, pero volvió a pleno en 1971, alcanzando el citado record, logrando el 5° puesto en los Juegos Panamericanos de Cali con 4.70 m (allí se impuso el estadounidense Jan Johnson, luego bronce olímpico, con 5.33 m) y despidiéndose con su tercera corona sudamericana, en Lima: pasó los 4.50 m., aventajando por 30 centímetros la chileno Fernando Hoces.

            El record nacional de Barney se mantuvo vigente por más de una década, recién pudo superarlo Viet en 1984 con 4.88, un año antes de convertirse en el primer argentino por arriba de los 5 metros. Y a nivel sudamericano, la marca de Barney fue mejorada por el uruguayo Fernando Rucco con 4.90 m en 1989, también un año antes de pasar los 5 metros.

            De retorno en nuestro país, y en su Misiones del alma, el atletismo quedó lejos para Erico Ricardo Barney. A cambio, desarrolló una sólida trayectoria profesional, aportando innovaciones tecnológicas, servicios permanentes a su comunidad y una ferviente defensa del medio ambiente. Casado y con cuatro hijos, además fue decano y docente de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Misiones, en su Oberá natal.

SUS RECORDS NACIONALES Y SUDAMERICANOS

4.21                 Buenos Aires                17.10.1964

4.25                 Rio de Janeiro               12.05.1965

4.29                 Buenos Aires                26.09.1965

4.36                 Buenos Aires                04.10.1965

(4.46                Buenos Aires                23.10.1966)

4.51                 Buenos Aires                23.10.1966

4.55                 Villa Domínico               09.12.1967

4.59                 Buenos Aires                14.07.1968

(4.60                Ciudad de México         14.10.1968)

4.80 a               Ciudad de México         14.10.1968

4.87                 Berkeley                       03.05.1971

SUS TITULOS NACIONALES

1965     San Juan          4.10 m

1966     Buenos Aires    4,20 m

1967     Buenos Aires    4.40 m

SUS TITULOS SUDAMERICANOS

1965     Rio de Janeiro   4.25 m  RSA

1967     Buenos Aires    4.30 m

1971     Lima                 4.50 m

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