El recuerdo del atletismo argentino en Tokio 64

Por LUIS VINKER

Ahora que Tokio es sólo una ilusión olímpica que se prolonga por otro año para la actual generación deportiva –y que también Tokio hace 80 años fue otra ilusión, pero evaporada en términos de Juegos- vale recordar que la capital japonesa sí albergó la cita olímpica en 1964, convirtiéndose así en la primera capital asiática en hacerlo. Y en aquellos Juegos el atletismo argentino estuvo presente con seis destacados valores, aunque sin la oportunidad de incursionar en las luchas mayores.

            Dos de los más grandes atletas de nuestro historial, Osvaldo Suárez y Juan Carlos Dyrzka, (FOTO) encabezaban el plantel. Suárez, múltiple recordman sudamericano en pruebas que iban desde los 3.000 llanos hasta el maratón y múltiple laureado en competiciones internacionales, volvía a intentar su suerte en la distancia máxima, tras el noveno puesto en Roma (1960) con su mejor marca de 2h21m27s. Meses antes de los Juegos participó por segunda vez en el maratón de Boston, ocupando el 8° lugar con 2h27m51s. Uno de sus últimos tests antes del viaje a Tokio fue un medio maratón en Santiago de Chile, que ganó en 1h09m15s. Sin embargo, no llegó en las mejores condiciones físicas a los Juegos y tuvo que abandonar en los Juegos por dolores abdominales a la altura del kilómetro 30.

            Ese maratón olímpico marcó la  definitiva consagración del etíope Abebe Bikila quien, tras su victoria en Roma cuando aún corría descalzó, se convirtió en el primero del historial (luego lo emularía Waldemar Cierpinski) en mantener el oro en esa distancia. Y con sabor a verdadera hazaña, ya que lo habían operado de apendicitis apenas dos meses antes. Bikila, de paso, pulverizó el récord mundial –por entonces se denominaba “mejor marca” con 2h12m12s, aventajando por más de cuatro minutos al británico Hatley (2h16m20s), quedando el bronce para el local Tsuburaya.

            Dyrzka concentraba importantes esperanzas en esos Juegos. Había sido el gran deportista argentino del 63 cuando conquistó el oro panamericano en Sao Paulo y, en su primera incursión a Tokio, logró la competencia Preolímpica. Sin embargo, en los Juegos –según nos contaría mucho después- pagó un precio duro: el de su falta de fogueo internacional (“llegué sin competencias, en esa época no teníamos la oportunidad de hacerlas”). Tras una auspiciosa serie en la que marcó 51s17, se quedó en los tacos de salida de su semifinal y, una vez que pudo arrancar, no encontró nunca el ritmo. Fue octavo con 53s1 manual, sin posibilidad de acceder a la prueba decisiva, en la que el estadounidense Rex Cawley, con 49s6, se llevó la medalla de oro, delante del británico John Cooper y del italiano Salvatore Morale, uno de los clásicos rivales de «Juansón» a lo largo de su trayectoria.

Le contó a El Gráfico en aquel momento: «Todavía no me puedo resignar a esta desgracia. Tenía la sensación de que no iba a andar bien antes de ubicarme en los tacos, sentí una angustia que nunca había sentido, como si las 70 mil personas del estadio me molestaran con sus miradas. Apenas oí el disparo, ya creí que todo estaba perdido, sólo corrí por instinto. La verdad es que todavía no me puedo convencer de que esa marca sea mía…». Muchas décadas después, a sus 70 años y poco antes de su fallecimiento por un infarto, Dyrzka me contó sus sensaciones sobre aquella amargura olímpica: «Pagué el precio de la falta de roce internacional, de la inexperiencia, de la falta de torneos».

            Dyrzka, pese a esa decepción, también decidió participar en otras de sus pruebas habituales: los 400 llanos (6° en su serie con 48s3) y en los 110 metros vallas (7° en la serie con 15s2).

            Tal vez, el desempeño más lucido de ese equipo argentino le correspondió a la posta femenina 4×100. Si bien no accedió a la final (quedó quinta en su serie con 46s.76), el equipo integrado por Margarita Formeiro, Susana Ritchie, Mabel Farina y Alicia Kaufmanas estableció el récord sudamericano, que recién pudo ser mejorado por otro equipo argentino con 44s90, once años después en los Panamericanos de México (y que todavía hoy, a 45 años, se mantiene como tope nacional).

            Ese relevo se había formado a lo largo de la temporada, precedido por los 46s9 manuales que Formeiro, Farina y Kaufmanas –junto a “Mili” Dyrzka”- habían logrado el 3 de mayo en Santiago de Chile.

            La incorporación de Ritchie, una atleta de 19 años que representaba al Club Argentino de Atletismo, fortaleció el relevo. Ya se había destacado en el Sudamericano del 63, en Cali, donde fue bronce en 100 y subcampeona en 200, sumando otra medalla con los relevos.

            El 16 de agosto en la pista de GEBA, durante uno de los últimos tests preolímpicos, Ritchie marcó 12s0 en la primera serie de los 100 llanos, igualando el tope nacional que Leonor Celi había fijado en 1939 y que Alicia Kaufmanas recién había igualado en Santa Fe, su ciudad, a principios de la temporada de 1964. Kaufmanas, a su vez, ganó la segunda serie de ese Preolímpico con 12s1, aventajando por una centésima a Formeiro. La final fue una de las grandes carreras de todos los tiempos: Ritchie batió el récord argentino con 11s8 y Kaufmanas y Formeiro, ambas con 11s9, también estuvieron debajo del tope. No hubo cronometraje para la cuarta y quinta -Ada Brener y Martha Buongiorno (campeona sudamericano al año siguiente)- pero los memoriosos indican que también debían estar sobre los 12 segundos. Otro de los nombres destacados del momento, pero que no pudo alcanzar la nominación olímpica y después se alejó de la actividad, era Juan Stocker, cuyos 21s1 en 200 llanos lo dejaron muy cerca del entonces tope nacional. Aventajó por 4/10 al todavía «junior» y luego leyenda de nuestro sprint, Andrés «Pelusa» Calonge.

            Ritchie, además, exhibió su poderío sobre 200 llanos a las pocas semanas (13 de septiembre) igualando el récord argentino con 24s8.

            Formeiro procedía de La Plata, al igual de Mabel Farina, cuya especialidad era el salto en largo. Y había tenido su día de esplendor (su pasaporte a Tokio) el 12 de abril en Buenos Aires al convertirse en la primera saltarina sudamericana en pasar los 6 metros en largo: con 6.17 mejoró el récord de 5.97, en poder de Kaufmanas desde el 4 de abril. El récord nacional de Farina recién pudo ser mejorado por otra platense, Araceli Bruschini, en 1981 (mientras que Kaufmanas se había aproximado con sus 6.15, también en Santa Fe).

            En los Juegos de Tokio, además de esa labor en los relevos, las chicas también tuvieron su oportunidad individual: Formeiro quedó 7ª. en su serie de 100 metros con 12s20 y Ritchie, quinta en  la suya de 200 con 24s9, con viento a favor. También hubo viento a favor en la clasificación del salto en largo, donde Farina ocupó el 26° lugar con 5.57 y Kaufmanas, el 30° con 5.29.

            Aquellos Juegos de  Tokio tuvieron, en su fase atlética, a Estados Unidos como el país dominante, duplicando la cosecha de sus archirrivales soviéticos, mientras Alemania competía unificada –luego lo haría separada hasta casi tres décadas más tarde- para quedar en el tercer lugar.

            Además del ya mencionado Abebe Bikila, Tokio vio en acción a muchos de los nombres que se convertirían en leyendas del atletismo mundial. Como el velocista estadounidense Bob Hayes quien arrasó en los 100 metros llanos pero, sobre todo, produjo una actuación notable como último relevista de la 4×100: recibió el testimonio en la quinta posición y trepó hasta la medalla de oro. En esa prueba, por segunda vez consecutiva, Venezuela consiguió instalarse en la final, pese a no contar con su astro Horacio Estéves: venía de igualar el récord del mundo (10s.0 manuales) en Caracas y una lesión le privó de participar en Tokio. Arquímedes Herrera, Lloyd Murad, Rafael Romero y Hortensio Fusil igualmente llevaron a Venezuela hasta el 6° puesto con 39s.53.

            El atletismo de Estados Unidos también aportó la sorpresa de Bill Mills en los 10 mil metros, relegando al tercer lugar al múltiple recordman mundial de fondo, el australiano Ron Clarke (un hombre que pese a su abrumador dominio en las tablas, nunca pudo disfrutar del oro olímpico). Y otro norteamericano,  Fred Hansen con 5,10 m., ganó el salto con garrocha, en la época que aparecían los instrumentos de fibra de vidrio. También entre los puntales USA estaba el increíble lanzador Al Oerter, quien venía de sus victorias en el lanzamiento del disco de 1956 y 1960. Ahora, el podio estaba en duda por una lesión lumbar que le obligaba a llevar un collar ortopédico. Cuando el podio se le escapaba, Oerter arrojó el collar con furia y disparó el disco hasta los 61 metros, aventajando al checo Ludvik Danek (60.52) en un épico concurso.

            Entre los más grandes atletas de Tokio apareció nuevamente el mediofondista Peter Snell, haciendo doblete con total contundencia en 800 y 1.500. Snell, esa celebridad del atletismo de pista, falleció hace pocas semanas en Texas dejando un maravilloso legado por su calidad, sus sistemas de entrenamiento y su personalidad.

            El atletismo británico mantuvo su acostumbrada presencia, esta vez con los vencedores del salto en largo: Lynn Davies entre los hombres –superando a los favoritos Ralph Boston e Igor Ter-Ovanesian- en difíciles condiciones climáticas y Mary Rand entre las damas.

            La invencible rumana Iolanda Balas se llevó el salto en alto con 1.90 m, prueba en la que la brasileña Aida dos Santos, casi inexperta y solitaria, escaló hasta el cuarto lugar con 1.74 m. Fue la mejor actuación de una dama del atletismo brasileño hasta los gloriosos y recientes tiempos de Maurren Higa, Fabiana Murer, los relevos o Erica Rocha de Sena.

            La australiana Betty Cuthbert fue la campeona de los 400 metros llanos, totalizando así siete medallas (cuatro doradas) en sus tres participaciones olímpicas que se habían iniciado ocho años antes.

            Y otros nombres para recordar son los de los puntales de la URSS: Tamara Press con sus tres títulos (bala, disco y pentathlon) y Valery Brunel, uno de los mejores saltarines de alto de todos los tiempos, dueño de una técnica exquisita en el estilo ventral y que había llevado el récord del mundo a 2,28 m. La final de alto en Tokio fue un concurso de nervios entre el propio Brumel y su clásico rival, el estadounidense John Thomas, decantado por intentos a favor del soviético.

            Cuando pasen los nefastos tiempos de la pandemia de coronavirus, vuelva a brillar el sol y el Tokio olímpico asome una vez más en el horizonte de las generaciones actuales, también habrá un recuerdo para estos nombres.

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