Germán Lauro

Germán Lauro, rumbo a los Juegos Olímpicos

Por ADRIANO EPIRO / Diario La Razón

Será un rato. Se levantará del banquito y caminará hasta el círculo antideslizante. Atlante criollo, será estatua con su compañera de más de siete kilos sobre el hombro derecho. De pronto, un giro, medio giro más, y soltará. “Estar en la definición sería cerrar un ciclo personal muy bueno. Cuatro años de estar en las finales, compitiendo en lo más alto… Otra final sería como ponerle un broche de oro”, asegura Germán Lauro, sexto en Londres 2012 y uno de los argentinos en Río 2016.

Desde hace rato ya, el hombre se levanta en Trenque Lauquen y se sabe uno de los mejores en su oficio: el lanzamiento de bala. Si los Juegos Olímpicos pasados fueran un caprichoso kilómetro 0, después vinieron participaciones en la Diamond League, el séptimo puesto en el Mundial de Moscú 2013, la medalla panamericana de bronce en Toronto 2015 (como en Guadalajara 2011) y tres sextas posiciones en Mundiales indoor, el último en la reciente cita en Portland. Nada es azaroso. Bajo techo o al aire libre, lo mismo da, el camino sigue. “Voy a Río para estar de vuelta en la final. Esta vez será más complicado, porque creció mucho el nivel de los rivales. Va a estar duro. Pero repetir el sexto puesto depende exclusivamente de nosotros”, asegura el recordman sudamericano (21,26 metros), que enfrentará al estadounidense Joe Kovacs (22.56, su mejor marca) y al alemán David Storl (22,20), candidatos al oro.

Su mundo se sostiene con buenos rendimientos y los buenos rendimientos, con trabajo: “Siempre me acuerdo de algo que dijo De Vicenzo: ‘Cuanto más practico, más suerte tengo’”. Un día cualquiera de esta época, Germán se levanta y se encierra en el gimnasio. Dos horas de fierros. Después, el almuerzo y un descanso –“no tan largo porque tratamos de evitar el frío”–. A las 14, pisa el campo de Trenque Lauquen, donde transcurren 120 minutos de ensayos. Llega la merienda y, antes de la cena, otra visita a los aparatos o un paso por kinesiología, para tratar el maltrecho hombro izquierdo. “Consultamos a los médicos y decidimos no operarme, porque habría perdido mucho tiempo este año –explica Lauro– y tiempo es lo que falta”.

Falta tiempo para cursar Contaduría, la carrera que retomó tras una pausa prolongada. Falta tiempo para ir al autódromo, envuelto en la bandera de Ford. Y, definitivamente, falta tiempo para jugar al fútbol en la defensa, “rústico total”, porque es riesgoso y con eso no se juega. Pero, sobre todo, falta tiempo para matear con sus amigos, los mismos con los que empezó en el atletismo. La bala y jornadas de hasta 100 lanzamientos: eso es lo que hay, de lunes a sábado. “¡Siempre se aprende! Hay que ser como una esponja y absorber la mayor cantidad de aprendizaje. ¿Qué se aprende? Todo lo que tiene que ver con la competencia, la forma de entrenamiento, también se corrigen la técnica y los ritmos de lanzamiento”, dice el Gordo.

Y, sin embargo, falta tan poco. Porque el 18 de agosto no será un día cualquiera. Germán saldrá a otro Estadio Olímpico. Ni el de Beijing ni el de Londres; el de Río. Esa mañana de eliminatorias será un ratito, nomás, aunque suficiente para que reaparezcan las cosquillas olímpicas, tal vez por última vez en su carrera. “Aún no lo tengo definido. En su momento tendré que sentarme a hablar, evaluar cuestiones personales y físicas”, aclara el hombre que a los 32 años aún no descarta continuar con su rutina para llegar a Tokio 2020. En Brasil, como en China e Inglaterra, será momento de contener los nervios y mantenerse enfocado. “Se complica disfrutar. Es difícil tratar de pasarla bien y no perder la concentración. Por momentos, el tiempo se pasa muy rápido, por ahí se pasa una hora y no te das cuenta”, confía el Gordo. Y agrega: “En otros momentos aprovechás más, podés disfrutar de estar ahí”. Con rostro serio, entonces, tratará de evitar que la inercia lo haga caer en la trampa. Hará equilibrio sobre el círculo, su círculo, y mirará hacia el horizonte. En un instante sabrá si esa noche será su día.