german2016

Entrevista con Germán Chiaraviglio

Entrevista por Gastón Saiz / Diario La Nación-Canchallena

Hubiese sido entendible que Germán Chiaraviglio dejara de competir y arrumbara la garrocha en algún rincón, como un grato recuerdo del pasado. ¿Cómo soportar ese golpe al orgullo de saltar 20 o 30 centímetros menos que diez años atrás, en épocas de juvenil? Difícil para un atleta sentir el retroceso y la incertidumbre. Ese terror a quedar desamparado y a no recuperar el nivel. A entrenarse para nada, sin perspectivas reales. Pero el santafecino extrajo de sí una fortaleza extraordinaria, después de sufrir dos fracturas en su tobillo izquierdo y someterse a nueve perforaciones para que el hueso renaciera.

Su vida era una pirotecnia de felicidad cuando se consagró campeón en el Mundial juvenil de Beijing 2006, a los 19 años y con récord para su categoría (5m71). Estaba arropado por las cámaras, el reconocimiento internacional y las distinciones locales, como el Olimpia de Oro de aquel año. Tiempo después, la película pasada al revés: un derrotero por el quirófano, consultas a especialistas, gimnasios y rehabilitaciones interminables; todo por culpa de una lesión ósea que dejó en jaque su carrera. No fue tanto el haber desaparecido del show mediático porque nunca se alimentó de ese circo, sino de haber caído en el ostracismo deportivo.

La situación cambió: a los 28 años, Chiaraviglio es optimista y con bases sólidas. La temporada 2015 le entregó dos certezas importantes: la medalla de plata panamericana en Toronto (5m75) y el arribo a la final en el Mundial de Pekín, en un período julio-agosto que lo proyecta con esperanzas a los Juegos Olímpicos, donde ya tiene un lugar. En estos días se entrena en Sao Caetano, al sur de San Pablo, en Brasil, junto con su hermana Valeria y los atletas brasileños Augusto Dutra, Fabiana Murer, en tanto que el entrenador local Elson Miranda lo supervisa.

-¿Cuánto pensás en Río 2016?

-Trato de que no sea más de la cuenta. Siempre lo hago desde el lado positivo, porque será un orgullo representar a la Argentina por segunda vez en los Juegos Olímpicos, después de haber estado ausente en Londres 2012. Pero quiero maquinarme para bien, no enloquecerme en esta temporada.

-Estás muy curtido ya con los inconvenientes físicos y las frustraciones deportivas. ¿Creaste anticuerpos frente a eso?

-Aprendí mucho, capitalicé más los momentos malos que los buenos, porque cuando te va bien no te detenés a reflexionar, que es lo que me sucedía de joven. Después de que toda esa bola se frenara, no tuve los resultados que esperaba y sufrí aquellos problemas físicos, pero son parte de mi carrera y los llevo con total orgullo. Es más: fueron hasta importantes en un momento de mi trayectoria para hoy observar todo desde otro lugar. La clave fue haber procesado esa experiencia y convertirla en madurez. Algo así como reflexionar: “Esto ya lo viví” y responderse: “Bueno, vamos a frenarlo antes de que ocurra”.

-¿Quiénes te ayudaron a salir?

-Mi familia y mis amigos fueron muy importantes, como también mi psicólogo Marcelo Márquez, que trabaja con el Tigre Gareca en la selección de Perú, y mi entrenador Roque Ríos. Yo quería mejorar pero no sabía cómo ni cuándo; está claro que solo no hubiese podido.

-En aquel 2006 se te había venido todo muy encima: la consagración mundial y los elogios.

-Mi carrera se dio así al principio, pero no lamento aquel crecimiento vertiginoso. No digo: “Uy, tendría que haber sido algo más progresivo”. Que me haya ocurrido eso, tal vez hoy me dio fuerzas para salir del pozo en el que había caído; no puedo renegar del pasado. Sucedió así, estoy recontra contento de esa etapa y después vinieron momentos de vacas flacas, en los que hubo que salir a buscarles la vuelta a los problemas.

-¿Cómo fue el recorrido desde aquel 2006?

-Aprendí de los procesos, hice experiencias yéndome a Italia durante muchos años, me nutrí mucho de las enseñanzas de Vitaly Petrov [coach de Sergey Bubka y Yelena Isinvayeva], de mi viejo, de Nelson Miranda y de mi coach Roque Ríos. Pero me la pasé viajando muchos años solo y me costaba mucho, sobre todo en momentos en los que estaba lesionado y me resultaba difícil encontrar ritmo. Me faltaba prestarle más atención a la parte emocional que a los aspectos físicos y técnicos. Estuve bien en 2013 y 2014, pero no existía esa chispa. Finalmente encontré esa confianza con mi equipo de trabajo, el preparador físico, el psicólogo, el entrenador y mi hermana Valeria, que se entrena a la par de mí y estimula mucho. Ella se aguanta cargas de trabajo que yo no soporto. En un deporte individual, está bueno tener gente con quien apoyarte.

-En esa época juvenil sentías una corriente positiva, ¿ahora sentís lo mismo?

-Es un poco distinto, porque en aquel tiempo tenía bastante más incertidumbre de lo que podía ocurrir en el futuro y hoy ya entiendo más cómo funciona el deporte. No sólo en mi disciplina, sino también en el deporte en general.

-¿Y cómo funciona el deporte?

-Sobre todo en los momentos en los que te va muy bien, hay que estar atento a no salirse del carril, a no dejarse influir por cuestiones externas. Hay gente que te traslada una expectativa y que uno, por ahí, se la cree. Personas que te ponen esa mochila de piedras que no corresponde cargar. A veces nos terminamos creyendo las palabras o las expectativas de los demás y nos equivocamos. Por otro lado, hay que aprender a llevar la relación con la prensa, con el público y a levantarte de los momentos duros, de las caídas. En 2006 me iba siempre bien, ganaba y parecía algo fácil. Me preguntaba: “¿Será la vida siempre así? Y no, evidentemente no. Está bueno que vengan los momentos malos; lógico que a nadie le gusta pasarla mal, pero me abrió mucho la cabeza, aprendí un montón y volví a valorar el título de un Campeonato Argentino, por ejemplo, que antes no me representaba gran cosa. En el deporte van cambiando los objetivos y hay que tener la misma convicción, el mismo foco. No perder la línea y seguir la pasión, que es lo que me mueve hasta el día de hoy.

-El alto rendimiento es cruel, nunca perdona a los débiles.

El deporte no siempre es justo y hay mucha crueldad en el buen sentido. No hablo de mala fe: digo que cuando aparecés arriba estás en el ojo de las expectativas. Y después, cuando te va mal, las cámaras se apagan. Sobre todo en deportes como los nuestros, que tienen una exposición esporádica entre los Juegos Panamericanos y los Olímpicos. Pero esa es nuestra realidad, ojalá podamos tener un deporte olímpico más presente.

-¿Qué explicación hay para esos 5m75 que conseguiste en los Panamericanos de Toronto, en 2015?

-Fue un muy buen momento del año, en el que estaba con el nivel de confianza al máximo. Cuando me vi solo definiendo con el canadiense Shawnacy Barber y estábamos arriba de 5m60, agarré una garrocha más dura y dije: “me mando”. Sentí que ése era el instante justo y lo peor que me podía pasar era ganar la medalla de plata. Cuestión de tomar la garrocha, saltar y no pensar tanto. Esa inconsciencia de la buena me ayudó.

-¿Cuál es la idea con miras a Río?

-Con mi entrenador pulimos algunos aspectos técnicos; ahora se trata de potenciar lo que hicimos el año pasado y no inventar cosas raras o sacar ideas de otros, porque los elementos que utilizamos en 2015 fueron los que me dieron esta fe en mis capacidades. Vamos a volver a recurrir a ciertos ejercicios en la técnica y a prepararnos en la parte física de la misma forma. Y apuntar a usar garrochas con índices de dureza mayor, para que me otorgue un plus de un salto superior.

-¿En cuánto podrías superar la marca?

-Ojalá que en mucho más, aunque no es tan matemático. Nosotros siempre saltamos lo que dice la varilla, pero en el gesto podemos saltar unos cinco, seis o siete centímetros más alto, o tocar la varilla, que quede moviéndose y no se caiga. Es decir, lo de la marca es un poco relativo. Pienso más en levantar mi piso: quiero tener una media de 5m60 ó 5m70 y no bajar de ese registro. Siento que voy a llegar en buenas condiciones para pegar ese saltito y mejorar algunos centímetros más, pero no me gusta hablar de marcas.

-¿Cuál será tu autoexigencia en Río 2016?

-Estar a la altura de la competencia y figurar en la elite. Dios quiera que se dé todo para entrar en una final, como sucedió en el último Mundial de Pekín. Es duro entrar en una final olímpica, pero me encantaría poder hacerlo. Y después, ya ahí dentro de la pelea, intentar luchar todo lo que se pueda; a lo sumo terminaré 12°, que marca mi realidad hoy. Ser finalista olímpico sería un sueño; un objetivo muy difícil de lograr pero muy importante. La intención es verme rodeado de esa clase de competidores y sentir que pertenezco a esa elite. Ya es algo que viví, como en la Liga de Diamante y en el Mundial, pero ojalá me meta más seguido en ese grupo.

-¿Esa continuidad que logró Lauro en lanzamiento de bala?

-Sin dudas: él es un gran ejemplo para nosotros porque en los últimos cuatro años llegó a cinco finales entre el Mundial y los Juegos Olímpicos, tanto al aire libre como bajo techo. Esas actuaciones indican que él ya está instalado entre los mejores y que no baja de un piso muy bueno. No solo es difícil llegar, sino también mantenerse. Es complicado alcanzar esa estabilidad para perdurar..