Ingeborg Mello

En homenaje a la gran Ingeborg Mello

Tal vez por la cercanía de los Juegos Olímpicos, aunque por mucho más, es un momento adecuado para recordar a una de las pioneras de la participación argentina: Ingeborg Mello. Junto a Noemí Simonetto fueron las primeras atletas en participar en el máximo acontecimiento deportivo, en Londres (1948). Allí Simonetto alcanzó la medalla de plata del salto en largo –la única de una mujer argentina en el atletismo olímpico- mientras que Mello también tuvo una destacada actuación, quedando octava en el lanzamiento de disco con 38,44 metros y novena en bala con 12,08, pruebas ganadas por una de las grandes estrellas de aquellos Juegos, la francesa Michelle Ostermeyer.

Mello, quien falleció hace siete años, a los 90 de edad, fue una de las más notables exponentes de nuestro atletismo. Una histórica, que compitió a nivel internacional hasta los 50, que ganó más títulos nacionales que ninguna otra atleta y que siguió activa dentro de los torneos locales hasta los 54…  Pero, más allá de cuestiones técnicas o estadísticas, dejó una imagen imborrable por su amor hacia el deporte, su lealtad en la competición, su personalidad. Inolvidables, para todos los que pudieron compartirla.

Y, como se reveló recientemente, también dejó una historia conmovedora. En efecto, un  trabajo del abogado e investigador griego Nikos Zaikos (“Ingeborg Mello, two lives in sport”) nos cuenta esa historia, la de Ingeborg Mello y su familia en la Alemania nazi, de la cual –afortunadamente, y a diferencia de millones- ellos pudieron huir. Ingeborg tenía 19 años cuando llegaba a una Argentina totalmente distinta y lejana para ella, donde iniciaría otra vida. La misma que sí conocimos, y que el atletismo pudo disfrutar.

“Ella nunca quiso referirse a aquellos primeros tiempos en Alemania, tan duros. Se sintió Argentina desde que llegó y siempre se mostró orgullosa por todo lo que logró en y para el país”, cuenta su hija, Eleonora Preiss, quien también fue una destacada especialista en lanzamiento del disco (y llegó a competir con su propia mamá en Campeonatos Nacionales).

Pero Zaikos accedió a documentos y testimonios de aquel período terrible, con Ingeborg Mello en plena juventud y su comunidad, judía, cada vez más perseguida y restringida desde al ascenso de los nazis al poder en 1933.

Ella nació como Ingeborg Vera Zwicknapp-Mello el 4 de enero de 1919 en Berlin. Su padre, cristiano, falleció cuando Inge tenía apenas cuatro años, y su madre –Clara Karp, judía- se hizo cargo del hogar. Ingeborg Mello demostró rápidas condiciones deportivas, se destacó tanto en atletismo como en handball. Practicó saltos y lanzamientos, y aparece en los ránkings alemanes con marcas como 11.36 m. en 1936 y 11.18, un año más tarde. Pero con las persecuciones, las leyes discriminatorias y el antisemitismo a pleno, sus posibilidades de progreso deportivo se iban cerrando.

El trabajo de Nikos Zaikos detalla la vida de Mello en aquel ambiente y como, en 1938, su hermano primero y ella con su madre después, consiguieron salir, vía Inglaterra, con ayuda de conocidos que ya se habían instalado en la Argentina. Por aquella época, aunque tal vez en otras circunstancias, se alejaron de Alemania y llegaron a la Argentina atletas que también hicieron historia como Gerardo Bonnhoff y Ruth Caro.

Los Mello se instalaron en Necochea para un emprendimiento familiar que no funcionó y, poco después, en Buenos Aires donde Ingeborg retomó las prácticas atléticas. Lo hizo en simultáneo con distintos trabajos, como la elaboración de carteras o, más adelante, en oficinas públicas. “Pero –recuerda su hija- tenía una gran contracción a los entrenamientos, fue de las primeras con prácticas de cinco o seis veces por semana”.

Para las mujeres, eran tiempos fundacionales en el atletismo argentino. Aunque se recuerdan competencias de la década del 20, recién a fines de los 30 se incorporaron a los Campeonatos Nacionales. Y en 1939, se disputó el primer Sudamericano para las damas. Mello ya había establecido un récord sudamericano de lanzamiento de bala con 11,81 metros, el 17 de diciembre de 1938. Su arribo al país está fechado apenas dos meses antes. Su debut internacional se produjo en un campeonato rioplatense, en 1940. Y en los Campeonatos Sudamericanos asomó en 1941, cuando ganó el lanzamiento de bala con 11,81 –igualando su récord- y logró la medalla de bronce en disco con 33,80 m.

A lo largo de su campaña, totalizó 7 medallas de oro, tres de plata y 5 de bronce en los Sudamericanos, cifras sólo superadas pero Noemí Simonetto (11, 3, 3) y Beatriz Allocco (8, 2, 1) entre las atletas argentinas. Y esa campaña fue formidable ya que, desde el citado debut, fue casi infaltable para la delegación albiceleste hasta… 1967, cuando aún lograba el quinto puesto en disco con 35,38 m. Un año más tarde, en el umbral de los 50, competía para Argentina en el ABC de Comodoro Rivadavia, logrando el quinto lugar en disco con 35,20 y el sexto en bala con 10,11.

Igualmente extensa fue su participación en los Nacionales, donde debutó en 1939 y se despidió treinta años más tarde, a los 50 de edad, cuando fue cuarta en disco con 35,80 (dos puestos por delante de su hija Eleonora). Pero apenas una temporada antes, en Santa Fe, todavía llegaba al podio con 37,08 m. en disco. Totalizó 22 títulos individuales –entre 1940 y 1951- de los cuales 10 corresponden al lanzamiento de bala, 9 al disco y 3 a jabalina, cifra que ninguna otra atleta argentina alcanzó hasta nuestros días.

Fue campeona iberoamericana en los primeros Juegos (Santiago 1960, con 39,34 en disco). Pero su consagración definitiva fue la de los Juegos Panamericanos inaugurales en Buenos Aires (1951), donde logró el lanzamiento de bala con 12,45 metros –récord sudamericano- y el disco con 38,55 m. Mello mejoró en numerosas oportunidades los topes de ambas pruebas y, en el caso de disco, su más alto registro fueron los 42,10 m. en Buenos Aires, el 5 de noviembre de 1949.

Otra Ingeborg, Pfüller, catorce años más joven, fue su digna heredera en el dominio panamericano (y también una gran competidora), y en el caso de las discóbolas, la Argentina contó con otra atleta de primera clase en los tiempos siguientes, Isabel Avellán, sexta en los Juegos de Melbourne (1956).

Mello figuró en el top 10 del ránking mundial de disco en varias oportunidades, como 1945 y 1948. Tenía esperanzas olímpicas, pero el podio resultó inaccesible. Después de aquella participación en Londres, volvió en Helsinki (1952), pero no pudo repetir la actuación y terminó 12ª. en disco con 39,04 y 19ª. en bala con 10,82.

¿Y Alemania? “Visitó en 1962, después del Iberoamericano en España. Estuvo en Stuttgart, pero no mucho más, no quería recordar demasiado de aquellos tiempos de juventud”, cuenta su hija. Esa juventud que, con un valioso componente atlético, acaba de ser rescatada en el trabajo del investigador griego. Y que nos cierra una imagen aún más completa de quien fue, sin dudas, una de las mejores atletas del historial argentino.